Una máscara es un buen signo de lo que puede ser una relación falsa,
una careta, un ocultar la verdadera identidad.
Una «máscara» representa a un fantasma, una imagen irreal, inexistente.
Sabemos que no es real... pero sin embargo la usamos con un entusiasmo bárbaro.
Nos disfrazamos de hombres y mujeres buenas, de hombres religiosos,
de entusiastas predicadores... pero al llegar la noche nos quitamos la máscara,
el rol que hemos asumido y vemos el rostro que hemos ocultado.
Hace un tiempo a un conocido de pronto la máscara de hombre bueno y agradable,
en plena trifulca y discusión, se le empezó a derretir.
Si, efectivamente, en medio de la acalorada discusión,
su máscara se le hizo pedazos ... el fuego y la pasión
permitían derretir su falsa representación, cargada de intenciones y simbolismos,
arquetipos que aprendió a interpretar de manera magistral...
pero que no soportaron un sólo cuestionamiento
y afloró el rostro dominante, avasallador, patrón de fundo, déspota, poderoso.
Igual te estoy agradecido ¡Al fin afloró el reprimido por la máscara!
por las obligaciones que debes cargar por rol roles religiosos que te has impuesto.
¡Al fin salió el que deseaba insultar y se reprimía por no quedar mal!
Que bueno es que el ardor de las discusiones
saque a flote lo que ocultamos celosamente.
Allí se expresan las CREENCIAS (lo que sentimos de corazón),
por sobre las TEORIAS y componendas que profesamos.
Gracias por derretir tu máscara, aunque no haya sido en forma libre,
pero libres al fin somos gracias a este gesto.
Al fin sé quién eres, te veo con una claridad extrema...
poco oculto te ha quedado... es bueno, gracias.
