La inteligencia artificial no tiene abuelos


La inteligencia artificial no tiene abuelos. Guía de supervivencia en la era de la revolución digital a la luz de Magnifica Humanitas, encíclica del Papa León XIV.

La inteligencia artificial puede responder millones de preguntas. Pero todavía no puede heredar una historia, recordar una infancia ni extrañar a una abuela. Por eso este libro no habla, en el fondo, de las máquinas. Habla de nosotros, de lo que recibimos y transmitimos y de la pregunta que ninguna inteligencia artificial puede responder por nosotros: ¿Qué significa seguir siendo humanos cuando las máquinas comienzan a parecerlo?
¿Qué encontrará en este libro?
  • Un ensayo de humanismo digital desde una mirada filosófica, ética, educativa y cristiana sobre la inteligencia artificial y sus desafíos.
  • Un diálogo inédito entre León XIII y León XIV, mostrando cómo dos revoluciones (la industrial de 1891 y la tecnológica del 2026) nos plantean la misma pregunta sobre la dignidad humana.
  • Una lectura de Babel, Pentecostés y Jerusalén reconstruida como claves para comprender la cultura digital.
  • Una reflexión sobre las nuevas idolatrías, los algoritmos, el discernimiento y la espiritualidad en tiempos de IA.
  • Conceptos originales como “La inteligencia artificial no tiene abuelos”, “Wifiar la vida” y “Alfabetización espiritual digital”.
  • Una invitación a descubrir que el mayor desafío de hoy quizá no sea crear máquinas más inteligentes, sino personas más sabias y profundamente humanas.

Vamos, es tiempo de “wifiar” la vida…


Vamos, es tiempo despertar, quitarse el pijama, dejar el sofá.  Llevamos años aprendiendo a conectar dispositivos y actualizar apps y softwares… ¿No sientes que quizá ha llegado el momento de volver a conectar personas y actualizar vínculos más humanos?

“Wifiar” la vida es  jugar con una paradoja. Habitualmente asociamos el wifi a la conexión tecnológica, a la transmisión de datos, a la capacidad de enlazar dispositivos. Sin embargo, llevado al plano humano, podría significar algo mucho más profundo: la decisión consciente de conectarnos con aquello que da sentido a nuestra existencia.

Wifiar la vida sería recuperar la capacidad de encuentro en una época que corre el riesgo de confundir conexión con comunión. Es descubrir que no basta con estar enlazados por una red si permanecemos aislados en el corazón. Es utilizar la tecnología para acercarnos y no para escondernos, para escuchar y no solamente para responder, para construir comunidad y no simplemente audiencia.

Esta expresión es una invitación a expandir la propia humanidad. Así como un dispositivo busca una señal para acceder a una red más amplia, las personas también necesitan conectarse a algo mayor que ellas mismas: a los demás, a la memoria de quienes nos precedieron, a la naturaleza, a la cultura, a la espiritualidad y, para quienes tienen fe, a Dios.

Por eso “wifiar la vida” no sería vivir más tiempo frente a una pantalla, sino vivir con más capacidad de relación. Sería aprender a transformar la tecnología en puente y no en refugio. Sería utilizar los avances de la inteligencia artificial para ampliar la fraternidad humana y no para reemplazarla.

Por eso “wifiar la vida” no consiste en pasar dieciséis horas diarias conectado a una pantalla digital mientras ignoramos al vecino, al perro, a la familia y, ocasionalmente, a nosotros mismos. Ya hemos perfeccionado bastante esa técnica.

Wifiar la vida tampoco significa acumular cinco mil amigos virtuales para luego descubrir que nadie puede ayudarnos a mover un sofá. Ni responder mensajes con un corazón rojo mientras el corazón verdadero permanece negro o en modo avión.

La idea tiene un sentido de urgencia. Consiste en utilizar la tecnología como puente y no como escondite. Como ventana y no como muro. Como herramienta para encontrarnos y no como una elegante excusa para desaparecer detrás de un perfil cuidadosamente editado.

Sería maravilloso que la inteligencia artificial nos ayudara a acercarnos más entre nosotros en lugar de convertirnos en expertos mundiales en conversar con máquinas mientras olvidamos cómo escuchar a las personas.

Porque el riesgo no es que las máquinas se vuelvan humanas. El riesgo es que los humanos terminemos funcionando como máquinas: siempre conectados, siempre disponibles, siempre actualizados... y cada vez más incapaces de abrazar, contemplar o guardar silencio.

Wifiar la vida significa algo mucho más simple, pero mucho más difícil: aprovechar toda la potencia de la tecnología para recordar que el mejor ancho de banda de la historia sigue siendo una conversación sincera, una amistad verdadera y una comunidad donde alguien conoce tu nombre sin necesidad de consultar una base de datos.

Si la inteligencia artificial no tiene abuelos, entonces nosotros tenemos la responsabilidad de conservar aquello que los abuelos representan: la memoria, la sabiduría, las historias compartidas y el arte de encontrarse alrededor de una mesa. Wifiar la vida consistiría precisamente en eso: usar todas las herramientas disponibles para que esas conexiones humanas no desaparezcan, sino que se vuelvan más profundas y más universales.

El desafío mayor es no sólo conectarnos a internet, sino aprender a “wifiar” nuestra humanidad. La inteligencia artificial conecta dispositivos, la sabiduría humana wifea y conecta personas con sus experiencias.

Dejemos de actualizar solamente los dispositivos, actualicemos nuestra humanidad… vamos a wifiar la vida, en alguna red segura!!!


                                                                    Del libro: 

La inteligencia artificial no tiene abuelos .Guía de supervivencia en la era de la revolución digital a la luz de Magnifica Humanitas, encíclica del Papa León XIV

W. Elphick D.       Primera edición. Agosto 2026, Santiago de Chile

Copyright © Decamino Editores y Fundación Amares

 

¿Se podría hablar de un “asesinato neuronal”?

Hace un tiempo escribí un pensamiento, se lo comparto:

“Un papá subía la escalera mecánica con su hija.
Ella tropezó y casi cae.
El papá la miró y le dijo molesto:
¡Niña Pava! (lesa, tonta).
Y al instante a la niña
le empezaron a salir plumas”.

Cuándo un niño es sometido a la burla, al rechazo de sus preguntas, al cuestionamiento (con molestia) de sus opiniones o errores, sin argumentos reales, algo se produce en su cerebro, algo se mata en su cerebro.

Lo que muere no son “neuronas” en masa por una burla aislada, pero sí se puede:

•frenar el crecimiento de redes neuronales,

•deteriorar áreas asociadas a creatividad, lenguaje y regulación emocional,

•generar patrones de desconexión y retraimiento cognitivo.

Por eso muchos autores  hablan de “heridas neuroemocionales”, “neurodesarrollo truncado” o “apagamiento emocional”.

Hablo de “asesinato neuronal” para denunciar la violencia contra la curiosidad del niño. Si, es una imagen, no un término clínico, pero los adultos podemos "matar" la capacidad cerebral, neurológica de nuestros niños… si señor.


¿Qué ocurre en el cerebro cuando un niño es ridiculizado?


1. Estrés tóxico

Cuando un niño vive humillación, burla o rechazo persistente, su cuerpo libera cortisol en exceso.
Ese cortisol sostenido afecta directamente estructuras clave:

  • Hipocampo: memoria y aprendizaje
  • Amígdala: regulación emocional
  • Corteza prefrontal: toma de decisiones, creatividad, pensamiento crítico

Estudios de Harvard demostraron que el estrés tóxico altera la arquitectura cerebral infantil (Center on the Developing Child at Harvard University, 2016).


2. Poda sináptica mal encauzada

En la infancia se eliminan conexiones neuronales que “no se usan”.
Cuando un niño deja de preguntar por miedo, se refuerzan circuitos de inhibición y se debilitan los de curiosidad y exploración.

No es “asesinato”, pero sí una fuerte atrofia funcional basada en el entorno. La poda sináptica depende fuertemente del ambiente emocional en que vivimos (Kolb & Gibb, 2011). Si nos quieren, amamos. Si nos dejan preguntar, descubrimos. Si nos ridiculizan, nos encerramos ( y nos metemos a las pantallas).


3. Impacto en la identidad y la autoeficacia

La burla constante envía un mensaje: “tu pensamiento no vale”, “Eres un tonto”. Eso termina convirtiéndose en programación neurológica a través de:

  • redes de autoconcepto negativo
  • inhibición de la creatividad
  • desconexión emocional con el aprendizaje
  • experiencia de rechazo brutal

Bandura (1997) demostró cómo la autoeficacia se ve profundamente afectada por las experiencias tempranas de validación o rechazo.


Entonces… ¿se “matan” neuronas?


Científicamente exacto: No, no se asesinan neuronas como tal.

Científicamente honesto: Sí se alteran, debilitan o reconfiguran negativamente redes neuronales esenciales para la curiosidad, creatividad y seguridad afectiva.

Pedagógicamente relevante: La ridiculización sistemática sí tiene efectos neurobiológicos comparables a un daño estructural en términos de aprendizaje y bienestar.

Humanamente preocupante: la humillación repetida sí puede “matar posibilidades neuronales” —esto es una metáfora válida— porque limita el desarrollo natural de circuitos asociados a la curiosidad, la creatividad, la autoestima y la identidad.

Por eso muchos educadores usan el término “asesinato simbólico de la curiosidad”.

Si lo pensamos con sensibilidad educativa, cuando ridiculizamos a un niño, estamos matando o debilitando procesos neuronales, estamos apagando luces. Estamos saboteando una red neuronal que podría haber sido la chispa de un inventor, un artista, un científico o un líder social.

Esto es casi tan grave como un asesinato: el asesinato de un futuro posible.


¿A Usted lo sometieron a esto alguna vez?

Oraciones Irreverentes para un Dios Reverente

Orar sin filtros, sin maquillaje ni obediencia ciega Junio 2025



Este libro servirá a moros y cristianos, a monjes y laicos, a ateos y creyentes. A unos les ayudará a orar ya contactar con Dios; para otros podrá ser una instancia de reflexión y autoconsciencia, de reducción del estrés y ansiedad, un momento para fomentar el positivismo y la gratitud, incluso para el fortalecimiento de la voluntad y la determinación… y también podrá ser una práctica meditativa que le lleve al mindfulness, o atención plena.

La mayoría de las oraciones tradicionales hablan de grandes temas: la fe, la esperanza, el perdón, la muerte, la santidad, el cielo. Esto es bueno y santo por cierto. Pero a veces necesitamos orar por lo que nos pasa en la calle, en el microbús, en nuestra sala de baño, aprender a dar gracias por el agua de la ducha, por el pan de cada día, por la salud de nuestras rodillas, después de hacer el amor, por un dolor de intestinos o de algo que quedó atrapado (o muy suelto) en ellos.

Es en esos detalles, invisibles para el mundo, donde Dios nos sonríe de verdad. Este libro nace para recordarnos que la santidad también se juega en lo simple, que no hay nada tan pequeño que no pueda ser ocasión de amor, que la vida —aún en sus momentos torpes, absurdos o dolorosos— es digna de ser agradecida. Aquí encontrarás palabras sencillas para rezar mientras caminas, mientras barres, mientras te sientas en silencio, mientras lloras o ríes.

Este libro es un altar para la vida diaria. Un altar sin mármol, hecho de barro, de risa y de polvo, armado de huesos, lágrimas y suspiros, sembrado con la esperanza del dicho: Dum Spiro Spero… mientras respiremos, te esperamos, si Señor, a porfía de nuestra limitada humanidad y su pobreza que está a la vista, te creemos, te esperamos, te acogemos, nos alegramos al verte habitando nuestra pobre casa corporal, pero bueno, es lo que hay, no te quejes oyeee…

Lectura con sentido: Oraciones Irreverentes, para un Dios Reverente

 Reseñas del libro


“En esta páginas encontrarás oraciones cotidianas, concretas, sinceras, sin rebuscamiento, pero llenas de fe, con un tono cotidiano, directo, lleno de gratitud por esas cosas que hacemos a diario y que muchos no pueden hacer. Oraciones cotidianas, cortas, directas, de la vida diaria, agradeciendo incluso en el dolor, el error o la vergüenza”. (Luis Sánchez R. Puerto Rico).

“Me gusta mucho la alternancia del libro que entrega oraciones de forma orgánica entre agradecer (cuando corresponde por un bien recibido) y pedir transformación (cuando hay dificultad para lograr un bien). Son pequeñas acciones, pero vistas con ojos de fe, se vuelven milagros silenciosos y expresión de una teología de la gratitud cotidiana” (Corina Rivera D. Uruguay).

“Del libro, me quedo con el tono que en todas su páginas se mantiene humano, espiritual, cercano, sensible. Con un grato tono de verdad, humildad, humor, bromista, irónico y cuestionador, pero siempre desde el amor”. (Yanuris Cabrales T. Colombia).

“Este libro ofrece una clara lógica espiritual: cuando la experiencia es positiva (por ejemplo, tener salud, reír, plantar una semilla), corresponde agradecer. Pero cuando el hecho es doloroso, imperfecto o injusto (como un párroco lejano, clericalismo, pechoñería, etc.), nos invita a elevar una súplica humilde a Dios pidiendo conversión, cambio o mejora, no simplemente dar las gracias como si todo estuviera bien”. (Jorge Faúndez B. Concepción, Chile)

“Yo no soy creyente, Winston lo sabe y aun así me pidió que le entregue una mini reseña. Bueno, algunas oraciones me cargaron, otras me hicieron reír y algunas me pusieron de cabeza, me acercaron a una sombra de ese Dios al que yo no le hablo. Si, me hicieron reflexionar, meditar y observar la forma en que vivimos algunos procesos en la familia, el trabajo, los amigos, la sexualidad. Gracias Winston, logras meter la mano de Dios, que no es Maradona”. (Loredana Rodríguez G. Argentina).


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