Vamos, es tiempo de “wifiar” la vida…


Vamos, es tiempo despertar, quitarse el pijama, dejar el sofá.  Llevamos años aprendiendo a conectar dispositivos y actualizar apps y softwares… ¿No sientes que quizá ha llegado el momento de volver a conectar personas y actualizar vínculos más humanos?

“Wifiar” la vida es  jugar con una paradoja. Habitualmente asociamos el wifi a la conexión tecnológica, a la transmisión de datos, a la capacidad de enlazar dispositivos. Sin embargo, llevado al plano humano, podría significar algo mucho más profundo: la decisión consciente de conectarnos con aquello que da sentido a nuestra existencia.

Wifiar la vida sería recuperar la capacidad de encuentro en una época que corre el riesgo de confundir conexión con comunión. Es descubrir que no basta con estar enlazados por una red si permanecemos aislados en el corazón. Es utilizar la tecnología para acercarnos y no para escondernos, para escuchar y no solamente para responder, para construir comunidad y no simplemente audiencia.

Esta expresión es una invitación a expandir la propia humanidad. Así como un dispositivo busca una señal para acceder a una red más amplia, las personas también necesitan conectarse a algo mayor que ellas mismas: a los demás, a la memoria de quienes nos precedieron, a la naturaleza, a la cultura, a la espiritualidad y, para quienes tienen fe, a Dios.

Por eso “wifiar la vida” no sería vivir más tiempo frente a una pantalla, sino vivir con más capacidad de relación. Sería aprender a transformar la tecnología en puente y no en refugio. Sería utilizar los avances de la inteligencia artificial para ampliar la fraternidad humana y no para reemplazarla.

Por eso “wifiar la vida” no consiste en pasar dieciséis horas diarias conectado a una pantalla digital mientras ignoramos al vecino, al perro, a la familia y, ocasionalmente, a nosotros mismos. Ya hemos perfeccionado bastante esa técnica.

Wifiar la vida tampoco significa acumular cinco mil amigos virtuales para luego descubrir que nadie puede ayudarnos a mover un sofá. Ni responder mensajes con un corazón rojo mientras el corazón verdadero permanece negro o en modo avión.

La idea tiene un sentido de urgencia. Consiste en utilizar la tecnología como puente y no como escondite. Como ventana y no como muro. Como herramienta para encontrarnos y no como una elegante excusa para desaparecer detrás de un perfil cuidadosamente editado.

Sería maravilloso que la inteligencia artificial nos ayudara a acercarnos más entre nosotros en lugar de convertirnos en expertos mundiales en conversar con máquinas mientras olvidamos cómo escuchar a las personas.

Porque el riesgo no es que las máquinas se vuelvan humanas. El riesgo es que los humanos terminemos funcionando como máquinas: siempre conectados, siempre disponibles, siempre actualizados... y cada vez más incapaces de abrazar, contemplar o guardar silencio.

Wifiar la vida significa algo mucho más simple, pero mucho más difícil: aprovechar toda la potencia de la tecnología para recordar que el mejor ancho de banda de la historia sigue siendo una conversación sincera, una amistad verdadera y una comunidad donde alguien conoce tu nombre sin necesidad de consultar una base de datos.

Si la inteligencia artificial no tiene abuelos, entonces nosotros tenemos la responsabilidad de conservar aquello que los abuelos representan: la memoria, la sabiduría, las historias compartidas y el arte de encontrarse alrededor de una mesa. Wifiar la vida consistiría precisamente en eso: usar todas las herramientas disponibles para que esas conexiones humanas no desaparezcan, sino que se vuelvan más profundas y más universales.

El desafío mayor es no sólo conectarnos a internet, sino aprender a “wifiar” nuestra humanidad. La inteligencia artificial conecta dispositivos, la sabiduría humana wifea y conecta personas con sus experiencias.

Dejemos de actualizar solamente los dispositivos, actualicemos nuestra humanidad… vamos a wifiar la vida, en alguna red segura!!!


                                                                    Del libro: 

La inteligencia artificial no tiene abuelos .Guía de supervivencia en la era de la revolución digital a la luz de Magnifica Humanitas, encíclica del Papa León XIV

W. Elphick D.       Primera edición. Agosto 2026, Santiago de Chile

Copyright © Decamino Editores y Fundación Amares

 

¿Se podría hablar de un “asesinato neuronal”?

Hace un tiempo escribí un pensamiento, se lo comparto:

“Un papá subía la escalera mecánica con su hija.
Ella tropezó y casi cae.
El papá la miró y le dijo molesto:
¡Niña Pava! (lesa, tonta).
Y al instante a la niña
le empezaron a salir plumas”.

Cuándo un niño es sometido a la burla, al rechazo de sus preguntas, al cuestionamiento (con molestia) de sus opiniones o errores, sin argumentos reales, algo se produce en su cerebro, algo se mata en su cerebro.

Lo que muere no son “neuronas” en masa por una burla aislada, pero sí se puede:

•frenar el crecimiento de redes neuronales,

•deteriorar áreas asociadas a creatividad, lenguaje y regulación emocional,

•generar patrones de desconexión y retraimiento cognitivo.

Por eso muchos autores  hablan de “heridas neuroemocionales”, “neurodesarrollo truncado” o “apagamiento emocional”.

Hablo de “asesinato neuronal” para denunciar la violencia contra la curiosidad del niño. Si, es una imagen, no un término clínico, pero los adultos podemos "matar" la capacidad cerebral, neurológica de nuestros niños… si señor.


¿Qué ocurre en el cerebro cuando un niño es ridiculizado?


1. Estrés tóxico

Cuando un niño vive humillación, burla o rechazo persistente, su cuerpo libera cortisol en exceso.
Ese cortisol sostenido afecta directamente estructuras clave:

  • Hipocampo: memoria y aprendizaje
  • Amígdala: regulación emocional
  • Corteza prefrontal: toma de decisiones, creatividad, pensamiento crítico

Estudios de Harvard demostraron que el estrés tóxico altera la arquitectura cerebral infantil (Center on the Developing Child at Harvard University, 2016).


2. Poda sináptica mal encauzada

En la infancia se eliminan conexiones neuronales que “no se usan”.
Cuando un niño deja de preguntar por miedo, se refuerzan circuitos de inhibición y se debilitan los de curiosidad y exploración.

No es “asesinato”, pero sí una fuerte atrofia funcional basada en el entorno. La poda sináptica depende fuertemente del ambiente emocional en que vivimos (Kolb & Gibb, 2011). Si nos quieren, amamos. Si nos dejan preguntar, descubrimos. Si nos ridiculizan, nos encerramos ( y nos metemos a las pantallas).


3. Impacto en la identidad y la autoeficacia

La burla constante envía un mensaje: “tu pensamiento no vale”, “Eres un tonto”. Eso termina convirtiéndose en programación neurológica a través de:

  • redes de autoconcepto negativo
  • inhibición de la creatividad
  • desconexión emocional con el aprendizaje
  • experiencia de rechazo brutal

Bandura (1997) demostró cómo la autoeficacia se ve profundamente afectada por las experiencias tempranas de validación o rechazo.


Entonces… ¿se “matan” neuronas?


Científicamente exacto: No, no se asesinan neuronas como tal.

Científicamente honesto: Sí se alteran, debilitan o reconfiguran negativamente redes neuronales esenciales para la curiosidad, creatividad y seguridad afectiva.

Pedagógicamente relevante: La ridiculización sistemática sí tiene efectos neurobiológicos comparables a un daño estructural en términos de aprendizaje y bienestar.

Humanamente preocupante: la humillación repetida sí puede “matar posibilidades neuronales” —esto es una metáfora válida— porque limita el desarrollo natural de circuitos asociados a la curiosidad, la creatividad, la autoestima y la identidad.

Por eso muchos educadores usan el término “asesinato simbólico de la curiosidad”.

Si lo pensamos con sensibilidad educativa, cuando ridiculizamos a un niño, estamos matando o debilitando procesos neuronales, estamos apagando luces. Estamos saboteando una red neuronal que podría haber sido la chispa de un inventor, un artista, un científico o un líder social.

Esto es casi tan grave como un asesinato: el asesinato de un futuro posible.


¿A Usted lo sometieron a esto alguna vez?

Oraciones Irreverentes para un Dios Reverente

Orar sin filtros, sin maquillaje ni obediencia ciega Junio 2025



Este libro servirá a moros y cristianos, a monjes y laicos, a ateos y creyentes. A unos les ayudará a orar ya contactar con Dios; para otros podrá ser una instancia de reflexión y autoconsciencia, de reducción del estrés y ansiedad, un momento para fomentar el positivismo y la gratitud, incluso para el fortalecimiento de la voluntad y la determinación… y también podrá ser una práctica meditativa que le lleve al mindfulness, o atención plena.

La mayoría de las oraciones tradicionales hablan de grandes temas: la fe, la esperanza, el perdón, la muerte, la santidad, el cielo. Esto es bueno y santo por cierto. Pero a veces necesitamos orar por lo que nos pasa en la calle, en el microbús, en nuestra sala de baño, aprender a dar gracias por el agua de la ducha, por el pan de cada día, por la salud de nuestras rodillas, después de hacer el amor, por un dolor de intestinos o de algo que quedó atrapado (o muy suelto) en ellos.

Es en esos detalles, invisibles para el mundo, donde Dios nos sonríe de verdad. Este libro nace para recordarnos que la santidad también se juega en lo simple, que no hay nada tan pequeño que no pueda ser ocasión de amor, que la vida —aún en sus momentos torpes, absurdos o dolorosos— es digna de ser agradecida. Aquí encontrarás palabras sencillas para rezar mientras caminas, mientras barres, mientras te sientas en silencio, mientras lloras o ríes.

Este libro es un altar para la vida diaria. Un altar sin mármol, hecho de barro, de risa y de polvo, armado de huesos, lágrimas y suspiros, sembrado con la esperanza del dicho: Dum Spiro Spero… mientras respiremos, te esperamos, si Señor, a porfía de nuestra limitada humanidad y su pobreza que está a la vista, te creemos, te esperamos, te acogemos, nos alegramos al verte habitando nuestra pobre casa corporal, pero bueno, es lo que hay, no te quejes oyeee…

Lectura con sentido: Oraciones Irreverentes, para un Dios Reverente

 Reseñas del libro


“En esta páginas encontrarás oraciones cotidianas, concretas, sinceras, sin rebuscamiento, pero llenas de fe, con un tono cotidiano, directo, lleno de gratitud por esas cosas que hacemos a diario y que muchos no pueden hacer. Oraciones cotidianas, cortas, directas, de la vida diaria, agradeciendo incluso en el dolor, el error o la vergüenza”. (Luis Sánchez R. Puerto Rico).

“Me gusta mucho la alternancia del libro que entrega oraciones de forma orgánica entre agradecer (cuando corresponde por un bien recibido) y pedir transformación (cuando hay dificultad para lograr un bien). Son pequeñas acciones, pero vistas con ojos de fe, se vuelven milagros silenciosos y expresión de una teología de la gratitud cotidiana” (Corina Rivera D. Uruguay).

“Del libro, me quedo con el tono que en todas su páginas se mantiene humano, espiritual, cercano, sensible. Con un grato tono de verdad, humildad, humor, bromista, irónico y cuestionador, pero siempre desde el amor”. (Yanuris Cabrales T. Colombia).

“Este libro ofrece una clara lógica espiritual: cuando la experiencia es positiva (por ejemplo, tener salud, reír, plantar una semilla), corresponde agradecer. Pero cuando el hecho es doloroso, imperfecto o injusto (como un párroco lejano, clericalismo, pechoñería, etc.), nos invita a elevar una súplica humilde a Dios pidiendo conversión, cambio o mejora, no simplemente dar las gracias como si todo estuviera bien”. (Jorge Faúndez B. Concepción, Chile)

“Yo no soy creyente, Winston lo sabe y aun así me pidió que le entregue una mini reseña. Bueno, algunas oraciones me cargaron, otras me hicieron reír y algunas me pusieron de cabeza, me acercaron a una sombra de ese Dios al que yo no le hablo. Si, me hicieron reflexionar, meditar y observar la forma en que vivimos algunos procesos en la familia, el trabajo, los amigos, la sexualidad. Gracias Winston, logras meter la mano de Dios, que no es Maradona”. (Loredana Rodríguez G. Argentina).


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El Camino del Líder. Un gran cuento ZEN sobre el ejecutivo en crisis


Había una vez un joven empresario, abrumado por las demandas de su trabajo y ansioso por alcanzar el éxito en su organización. Buscaba respuestas urgentes y soluciones definitivas a los problemas que enfrentaba día a día: la presión por innovar, las demandas de sus empleados, los cambios constantes en el mercado, la desmotivación de los equipos, las metas parecían inalcanzables y las decisiones que debía tomar lo llenaban de incertidumbre.
 

Un día, escuchó hablar de un maestro zen que vivía en las montañas, famoso por su sabiduría para guiar a quienes enfrentaban dilemas complejos.

Decidido a encontrar respuestas, el joven emprendió el largo viaje. Tras días de caminar, llegó al templo donde vivía el maestro. Fue recibido con una sonrisa serena y un tazón de té caliente.

“Maestro”, comenzó el joven, “mi empresa está en crisis y sumida en el desorden. Mis problemas son demasiados, la competencia es feroz, mis equipos no están alineados, las metas parecen imposibles, mis decisiones que tomo parecen desmoronarse, me siento esclavo de un directorio implacable. Vivo una horrible soledad que me murmura:  “no eres capaz, no puedes lograrlo, estás solo”…

¿Cuál es el secreto para liderar con éxito?, ¿Cómo puedo encontrar el camino correcto?”.

El maestro le miró con calma y, después de un largo silencio, dijo: “Primeramente, detente en tu camino y obsérvate, te propongo que quites urgentemente el “MI” a tu análisis. Observa, no es “mi” empresa, no son “mis” equipos, no son “mis” problemas… agrega un sentido comunitario a tu liderazgo. Ahora, vamos al camino, y veamos el camino del líder”.

Caminando juntos, llegaron a un sendero que serpenteaba a través del bosque. El maestro señaló una roca enorme en medio del camino y dijo: “Imagina que este es tu obstáculo. ¿Cómo lo superarías?”

El joven, confundido, respondió: “Buscaría la manera de moverla o, si no es posible, buscaría otro camino”.

El maestro sonrió: “Eso es lo que hacen muchos líderes. Ven el obstáculo y solo piensan en eliminarlo o evadirlo. Pero observa…”. El maestro se agachó, miró la roca detenidamente y, con un pequeño palo, retiró una piedra mucho más pequeña que estaba debajo. La gran roca, con un leve empujón, rodó por el lado del camino.

“Lo que debes aprender”, continuó el maestro, “es que los grandes obstáculos en una empresa no siempre se resuelven con grandes soluciones. A veces, es una pequeña piedra lo que impide el gran avance, un problema oculto, una queja no expresada, una rabia acumulada, una práctica anquilosada, nunca criticada y que se vuelve una parálisis, agarrotamiento, atrofia y entumecimiento organizacional. Tu silente tarea es encontrar esa pequeña piedra, y así, el gran problema empezará a desaparecer”.

El joven ejecutivo asintió, comprendiendo que el camino del liderazgo no se trataba solo de tomar decisiones grandiosas o revolucionarias, sino de observar, comprender los detalles y tener la paciencia de resolver los problemas de raíz.

Después de una pausa, el maestro agregó: “Liderar no es empujar ni huir de los desafíos. Es aprender a observar con atención, comprender profundamente las situaciones y, con un pequeño gesto o acto, permitir que el camino se despeje”.

Con una nueva perspectiva, el joven recogía cada enseñanza con humildad. Esta vez, concluía que en lugar de apresurarse a buscar soluciones teóricas inmediatas, tendría que observar detenidamente la realidad, escuchar al equipo, buscar juntos esas  “pequeñas piedras” que frenaban el avance, y con paciencia comunitaria, descubrir el camino hacia el éxito, que ya comenzaba a despejarse.

El día ya llegaba a su término, el maestro le invitó a quedarse a dormir en el monasterio. 

Al otro día, luego de un desayuno en silencio, el maestro le dijo: “Antes que te vayas de regreso a tu trabajo, te invito, si lo quieres, a volver al camino y a lo mejor podremos descubrir otra enseñanza que responda en parte a tus inquietudes”.

Por cierto, dijo el ejecutivo, lo necesito.

Caminando entre bosques milenarios, llegaron a un pequeño arroyo. Sin decir una palabra, el maestro le invitó a sentarse en su orilla, luego recogió una roca y la lanzó al agua. La corriente seguía fluyendo sin interrupción, pese a la roca, rodeando la roca, adaptándose a su presencia, y continuando su curso hacia el horizonte.

El joven, confundido, preguntó: "¿Qué tiene que ver esto con mi empresa?"

El maestro sonrió. "El arroyo es como la organización, siempre en movimiento. Las rocas son los problemas que enfrentas. Si intentas luchar contra cada roca, te quedarás atrapado. Pero si aprendes a fluir como el agua, rodeando los obstáculos y adaptándote a ellos, seguirás avanzando y cumpliendo un decreto universal: no luches, asume y ¡resuelve ya!"

Otra cosa importante”, continuó el maestro, “deja de hablar de conflictos, cámbialo por desafíos, verás como tu cerebro lo asume de forma distinta”.

El joven reflexionó sobre esta enseñanza. "Pero, ¿cómo puedo ser como el agua en el caos del mercado y las demandas de la empresa?"

El maestro tomó una hoja seca del suelo y la soltó sobre el arroyo. "La hoja no tiene control sobre la corriente del agua. Sin embargo, flota y sigue el flujo. Para liderar, no necesitas controlar todo. Necesitas aprender a dejar ir, a soltar los hilos del poder centralista, a delegar, a confiar en tus co-laboradores y en la sabiduría que puede surgir del caos y sus desafíos."

El joven sintió que el peso de su ansiedad comenzaba a disiparse. "Pero, ¿cómo sabré si estoy tomando las decisiones correctas?"

El maestro señaló una roca sumergida en el agua. "La roca no se mueve, pero el agua sigue fluyendo. Un líder sabio sabe cuándo ser firme como la roca y cuándo ser flexible como el agua. Las decisiones correctas surgen cuando encuentras ese equilibrio."

De regreso en su empresa, el joven empresario dejó de intentar controlar cada detalle. Comenzó a confiar más en su equipo, permitió que las ideas fluyeran y, cuando los desafíos (ex conflictos) surgían, los asumía (ya no los “enfrentaba” batallando contra ellos) con calma y adaptabilidad. Con el tiempo, su organización prosperó, no porque él la hubiera dominado, sino porque había aprendido a liderar con sabiduría, fluidez y sentido comunitario.

Aprendió que el liderazgo no consiste en superar grandes obstáculos con soluciones heroicas, sino en encontrar las pequeñas causas (la piedra pequeña) detrás de los grandes problemas y abordarlas con atención y paciencia. Como en el zen, el liderazgo se basa en la observación cuidadosa y la acción precisa.

Concluyó que el camino del líder no se logra controlando cada aspecto de la organización, sino es la búsqueda por aprender a adaptarse, delegar y fluir como el agua. Las decisiones sabias emergen del equilibrio entre firmeza y flexibilidad, entre planificación y caos.

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