Vivir la tarde de la fe...

  La fe que trabaja en la tarde del cristianismo (2)


Esta esperanza no elimina la incertidumbre. Halík reconoce compartir con los agnósticos “un humilde no sabemos en relación con el más allá, en concreto, una distancia crítica en relación con nuestras ideas demasiado humanas sobre el cielo”. Y agrega: “No tenemos pruebas de que Dios es, ni sabemos lo que significa ser en el caso de Dios”. Su fe no se construye sobre la ilusión de poseer el misterio, sino sobre la confianza que permite caminar hacia él.Imágenes de Cristianismo - Descarga gratuita en Magnific (antes Freepik)

“Yo vivo en un no sabemos que tiene una ventana abierta al quizá. De esta forma, el aire fresco de la esperanza fluye libremente entre mis preguntas y mi oscuridad. En ninguna circunstancia cerraría esa ventana”. Esta confesión resulta especialmente significativa para la acción cristiana: no es necesario resolver todas las dudas antes de comprometerse con el bien. También desde la incertidumbre se puede cuidar, servir, educar, organizar, participar y transformar. La oscuridad no exime de responsabilidad; puede volvernos más humildes al ejercerla.

Halík continúa: “Realmente no sé en qué espacio y en qué tiempo existe el reino del que habla Jesús, solo confío en su palabra y rezo por su llegada. No identifico simplemente este reino prometido con una vida después de la muerte”. Su esperanza no evade la historia presente. Esperar el Reino significa también trabajar para que algo de su justicia, su fraternidad y su misericordia pueda anticiparse en las relaciones humanas y en las estructuras sociales.

“Sin embargo, veo con fe y esperanza que la muerte no tendrá la última palabra, que la vida de cada uno de nosotros y la historia de toda la humanidad no caerán en la nada, sino que sufrirán alguna transformación, inimaginable para nosotros”. Esta esperanza escatológica no debilita la responsabilidad política: la radicaliza. Si ninguna vida está destinada a la nada, ninguna persona puede ser tratada como sobrante. Si la historia permanece abierta a la transformación, ninguna injusticia debe declararse inevitable.

Al retomar la apuesta de Pascal, Halík plantea: “En una situación en la que la existencia y la naturaleza de Dios no son evidentes, podemos mirar en el fondo de nuestro corazón y preguntarnos si queremos que Dios sea o no sea, si este es el deseo profundo de nuestro corazón”. Y frente a quienes consideran que el deseo invalida la búsqueda, responde: “¿Por qué la sed debería poner en duda la existencia de la fuente?”.

También la política necesita hacerse esta pregunta: ¿qué mundo deseamos realmente? ¿Uno donde cada grupo se encierre en su identidad y luche únicamente por conservar sus privilegios, o uno donde personas diferentes sean capaces de reconocerse, deliberar y colaborar? La fe no entrega soluciones técnicas automáticas para todos los problemas públicos, pero puede educar el deseo, ensanchar la responsabilidad y sostener la esperanza cuando los resultados tardan o parecen insuficientes.

De ahí la importancia de superar una Iglesia definida principalmente por aquello que rechaza. Halík constata que “la gente sabe en contra de qué están los católicos, pero ya no entiende de qué cosas están a favor y qué pueden aportar al mundo actual”. La crítica es incómoda, pero necesaria. Una comunidad cristiana que solo comunica prohibiciones puede conservar sus fronteras y, al mismo tiempo, perder su capacidad de ofrecer sentido. Su credibilidad dependerá de mostrar, mediante la vida y la acción, a favor de qué personas, derechos, vínculos y esperanzas está dispuesta a comprometerse.

Frente al tradicionalismo y a “la desafortunada lucha antimoderna” desarrollada entre los pontificados de Pío IX y Pío XII, Halík propone retomar la tarea inconclusa del Concilio Vaticano II: profundizar el diálogo entre la Iglesia católica y la modernidad, avanzar en el camino ecuménico y acercarse también al humanismo secular. Así como san Pablo abrió el cristianismo más allá del ámbito judío, la Iglesia actual debe atreverse a llevar la fe hacia nuevos espacios culturales, sociales y espirituales. Esa renovación no puede proceder exclusivamente de los despachos episcopales; necesita nacer también desde las comunidades, las familias, las escuelas, las parroquias, los movimientos sociales y las personas que actúan responsablemente en la vida pública.

Aquí vuelven a encontrarse la micropolítica y la macropolítica. La transformación eclesial comienza en la forma cotidiana de relacionarnos, pero debe alcanzar las instituciones. Requiere comunidades que practiquen internamente la escucha, la corresponsabilidad, la transparencia y el respeto que después reclaman para la sociedad. No sería coherente exigir democracia, justicia o dignidad en el mundo mientras dentro de nuestras propias organizaciones predominan el autoritarismo, la exclusión o el silencio impuesto.

“Si la Iglesia diese hoy testimonio de esta confianza en un Dios que es más grande que todas nuestras ideas, definiciones e instituciones, inauguraría así algo nuevo y significativo: la entrada en la tarde de la fe”. Entrar en esa tarde significa abandonar la nostalgia de un poder perdido y asumir la fecundidad de una presencia más humilde. Significa dejar de preguntar solamente cómo recuperar influencia y comenzar a preguntarse cómo servir mejor.

El horizonte final no es el miedo. Las primeras palabras del Resucitado fueron muchas veces: “No temáis”. Halík las actualiza mediante una invitación que resume el espíritu de su obra: “En el umbral de un nuevo capítulo de la historia cristiana, dejemos de lado la religión del miedo… No temamos el honesto y humilde no sabemos, del que ni siquiera la fe nos libra; la fe es el valor de adentrarse con confianza y esperanza en la nube del misterio”.

La tarde de la Iglesia puede contener oscuridades, heridas y dudas, pero no obliga a la inmovilidad. Todavía es posible encender luces, abrir caminos y trabajar con otros. El cristiano no necesita esperar una Iglesia perfecta ni una sociedad completamente reconciliada para comenzar. Puede actuar desde ahora: en la decisión pequeña que reconoce a una persona y en la decisión pública que protege a miles; en la conversación que derriba un prejuicio y en la ley que repara una injusticia; en el gesto silencioso de cuidado y en la transformación de las estructuras que producen abandono.

Quizá esa sea una de las misiones decisivas del cristiano en la tarde del cristianismo: mantener abierta la ventana del quizá mientras sus manos trabajan responsablemente en el mundo del todavía no… por el Reino que ya está entre nosotros, pero aún espera alcanzar su plenitud. Perdón, la “nota” salió algo larga, pero necesaria, creo. ¿Me encuentra razón que la propuesta de Tomáš Halík es un argumento poderoso para vivir nuestra fe hoy?

 

Viviendo desde la tarde del cristianismo

 La fe que trabaja en la tarde del cristianismo




Este libro me iluminó y me erizó la fe, con un golpe espiritual repentino, un estremecimiento de mis creencias… es una obra contundente y motivadora.

En 2023, Tomáš Halík publicó La tarde del cristianismo: Valor para la transformación, una obra lúcida y provocadora acerca de la crisis, la renovación y el porvenir de la fe cristiana. Halík, sacerdote, filósofo y profesor de Sociología en la Universidad Carolina de Praga, vivió la clandestinidad de la Iglesia durante el régimen comunista checo, fue colaborador del presidente Václav Havel y asesor del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no Creyentes. Su pensamiento nace, por tanto, no solo de la reflexión académica, sino también de la experiencia de una fe obligada a caminar entre la persecución, la incertidumbre y el diálogo con una sociedad secularizada y anti iglesia.

La “tarde del cristianismo” no habla del ocaso eclesial, sino de la hora de una fe más consciente, humilde y madura: una fe que ha perdido algunas seguridades históricas, pero que todavía conserva una ventana abierta a la esperanza. La tarde alarga las sombras y vuelve menos nítidos los contornos; sin embargo, también permite mirar la realidad con una luz menos enceguecedora. La pregunta decisiva no es cuánto poder conserva la Iglesia, sino cuánto espíritu de Cristo actúa todavía en ella y a través de ella.

Para Halík, la fe no permanece encerrada en las fronteras visibles de las instituciones ni se identifica completamente con la adhesión formal a una doctrina. Puede encontrarse, de manera implícita y anónima, en la búsqueda espiritual de hombres y mujeres que no se reconocen como creyentes. En este sentido, afirma que “también la espiritualidad secular forma parte de la historia de la fe”. Esto no vuelve irrelevante al cristianismo, pero le impide confundir la acción de Dios con los límites de la iglesia.

La frontera entre creyentes y no creyentes resulta mucho más porosa de lo que suelen admitir nuestras clasificaciones. “La fe y el escepticismo no pueden separarse y diferenciarse inequívocamente… el diálogo de la fe y el escepticismo no es una cuestión de dos grupos estrictamente separados”. La duda también habita en el creyente, así como la confianza, la esperanza y la apertura al misterio pueden aparecer en quien no acepta una confesión religiosa. Por eso Halík sostiene: “Estoy convencido de que Dios habla a todos, pero a cada uno de diferente forma” y que en “la libre respuesta humana a la llamada de Dios se consuma el carácter dialógico de la fe”.

Esta comprensión posee consecuencias sociales, políticas y educativas. Si Dios puede hablar de modos distintos, el educador cristiano no está llamado a relacionarse con los demás desde la superioridad de quien cree poseer todas las respuestas. Está invitado a escuchar, discernir y colaborar. La escuela católica, no necesita exigir una coincidencia religiosa completa antes de trabajar junto con otras personas por la dignidad humana, la justicia, la paz, el cuidado de la creación o la defensa de quienes sufren. La fe madura no convierte al otro en adversario por pensar distinto; intenta descubrir qué verdad, qué dolor y qué posibilidad de bien pueden convocarlos a una tarea común.

Halík se pregunta dónde reside verdaderamente la identidad cristiana. Su respuesta no conduce al Dios abstracto de una teoría, sino a la relación de Jesús con aquel a quien llamaba Padre: “el corazón del cristianismo es la relación de Jesús con el Padre”. Esa relación se manifiesta en la vida entregada, en la misericordia y en el encuentro con las heridas humanas. Cuando Tomás toca las heridas del Resucitado, exclama: “Señor mío y Dios mío”. Para Halík, esta escena ofrece una clave decisiva: el misterio de Cristo no se reconoce huyendo del sufrimiento, sino acercándose a sus llagas.

Por eso afirma: “Aquí, en las heridas de nuestro mundo podemos ver de forma auténticamente cristiana al Dios invisible y tocar un misterio que, de otra forma, sería difícil de tocar”. Las heridas de las personas y de los pueblos se convierten así en un lugar teológico y político: allí donde alguien es humillado, excluido, empobrecido, violentado u olvidado, la fe cristiana es llamada a hacerse presencia, acción y transformación. En esa perspectiva, “el amor solidario al prójimo implica tener fe en Dios”.

Este reconocimiento impide reducir el cristianismo a una espiritualidad intimista, pero también evita convertirlo en una ideología política identitaria. El cristianismo de la tarde no puede confundirse con un partido religioso que divide el mundo entre aliados y enemigos, ni con una espiritualidad vaga que se desentiende de la historia. Su tarea consiste en unir contemplación y responsabilidad, misterio y justicia, oración y participación social. “La Iglesia será la Iglesia de Cristo en tanto trabaje en ella el espíritu de Cristo”.

Halík advierte, además, que el humanismo, siendo necesario y valioso, no agota la profundidad de la esperanza: “Sostengo que el humanismo no es suficiente; que quien está realmente satisfecho con este mundo en su forma actual corrompida por nosotros mismos empobrece y trivializa su percepción y su experiencia de este mundo y esta vida”. La fe no desprecia el mundo ni invita a abandonarlo; se niega a aceptar que sus injusticias constituyan su forma definitiva. Precisamente porque ama esta vida, no se resigna a verla disminuida por la violencia, la indiferencia o la desigualdad.

La inteligencia artificial no tiene abuelos


La inteligencia artificial no tiene abuelos. Guía de supervivencia en la era de la revolución digital a la luz de Magnifica Humanitas, encíclica del Papa León XIV.

La inteligencia artificial puede responder millones de preguntas. Pero todavía no puede heredar una historia, recordar una infancia ni extrañar a una abuela. Por eso este libro no habla, en el fondo, de las máquinas. Habla de nosotros, de lo que recibimos y transmitimos y de la pregunta que ninguna inteligencia artificial puede responder por nosotros: ¿Qué significa seguir siendo humanos cuando las máquinas comienzan a parecerlo?
¿Qué encontrará en este libro?
  • Un ensayo de humanismo digital desde una mirada filosófica, ética, educativa y cristiana sobre la inteligencia artificial y sus desafíos.
  • Un diálogo inédito entre León XIII y León XIV, mostrando cómo dos revoluciones (la industrial de 1891 y la tecnológica del 2026) nos plantean la misma pregunta sobre la dignidad humana.
  • Una lectura de Babel, Pentecostés y Jerusalén reconstruida como claves para comprender la cultura digital.
  • Una reflexión sobre las nuevas idolatrías, los algoritmos, el discernimiento y la espiritualidad en tiempos de IA.
  • Conceptos originales como “La inteligencia artificial no tiene abuelos”, “Wifiar la vida” y “Alfabetización espiritual digital”.
  • Una invitación a descubrir que el mayor desafío de hoy quizá no sea crear máquinas más inteligentes, sino personas más sabias y profundamente humanas.

Vamos, es tiempo de “wifiar” la vida…


Vamos, es tiempo despertar, quitarse el pijama, dejar el sofá.  Llevamos años aprendiendo a conectar dispositivos y actualizar apps y softwares… ¿No sientes que quizá ha llegado el momento de volver a conectar personas y actualizar vínculos más humanos?

“Wifiar” la vida es  jugar con una paradoja. Habitualmente asociamos el wifi a la conexión tecnológica, a la transmisión de datos, a la capacidad de enlazar dispositivos. Sin embargo, llevado al plano humano, podría significar algo mucho más profundo: la decisión consciente de conectarnos con aquello que da sentido a nuestra existencia.

Wifiar la vida sería recuperar la capacidad de encuentro en una época que corre el riesgo de confundir conexión con comunión. Es descubrir que no basta con estar enlazados por una red si permanecemos aislados en el corazón. Es utilizar la tecnología para acercarnos y no para escondernos, para escuchar y no solamente para responder, para construir comunidad y no simplemente audiencia.

Esta expresión es una invitación a expandir la propia humanidad. Así como un dispositivo busca una señal para acceder a una red más amplia, las personas también necesitan conectarse a algo mayor que ellas mismas: a los demás, a la memoria de quienes nos precedieron, a la naturaleza, a la cultura, a la espiritualidad y, para quienes tienen fe, a Dios.

Por eso “wifiar la vida” no sería vivir más tiempo frente a una pantalla, sino vivir con más capacidad de relación. Sería aprender a transformar la tecnología en puente y no en refugio. Sería utilizar los avances de la inteligencia artificial para ampliar la fraternidad humana y no para reemplazarla.

Por eso “wifiar la vida” no consiste en pasar dieciséis horas diarias conectado a una pantalla digital mientras ignoramos al vecino, al perro, a la familia y, ocasionalmente, a nosotros mismos. Ya hemos perfeccionado bastante esa técnica.

Wifiar la vida tampoco significa acumular cinco mil amigos virtuales para luego descubrir que nadie puede ayudarnos a mover un sofá. Ni responder mensajes con un corazón rojo mientras el corazón verdadero permanece negro o en modo avión.

La idea tiene un sentido de urgencia. Consiste en utilizar la tecnología como puente y no como escondite. Como ventana y no como muro. Como herramienta para encontrarnos y no como una elegante excusa para desaparecer detrás de un perfil cuidadosamente editado.

Sería maravilloso que la inteligencia artificial nos ayudara a acercarnos más entre nosotros en lugar de convertirnos en expertos mundiales en conversar con máquinas mientras olvidamos cómo escuchar a las personas.

Porque el riesgo no es que las máquinas se vuelvan humanas. El riesgo es que los humanos terminemos funcionando como máquinas: siempre conectados, siempre disponibles, siempre actualizados... y cada vez más incapaces de abrazar, contemplar o guardar silencio.

Wifiar la vida significa algo mucho más simple, pero mucho más difícil: aprovechar toda la potencia de la tecnología para recordar que el mejor ancho de banda de la historia sigue siendo una conversación sincera, una amistad verdadera y una comunidad donde alguien conoce tu nombre sin necesidad de consultar una base de datos.

Si la inteligencia artificial no tiene abuelos, entonces nosotros tenemos la responsabilidad de conservar aquello que los abuelos representan: la memoria, la sabiduría, las historias compartidas y el arte de encontrarse alrededor de una mesa. Wifiar la vida consistiría precisamente en eso: usar todas las herramientas disponibles para que esas conexiones humanas no desaparezcan, sino que se vuelvan más profundas y más universales.

El desafío mayor es no sólo conectarnos a internet, sino aprender a “wifiar” nuestra humanidad. La inteligencia artificial conecta dispositivos, la sabiduría humana wifea y conecta personas con sus experiencias.

Dejemos de actualizar solamente los dispositivos, actualicemos nuestra humanidad… vamos a wifiar la vida, en alguna red segura!!!


                                                                    Del libro: 

La inteligencia artificial no tiene abuelos .Guía de supervivencia en la era de la revolución digital a la luz de Magnifica Humanitas, encíclica del Papa León XIV

W. Elphick D.       Primera edición. Agosto 2026, Santiago de Chile

Copyright © Decamino Editores y Fundación Amares

 

¿Se podría hablar de un “asesinato neuronal”?

Hace un tiempo escribí un pensamiento, se lo comparto:

“Un papá subía la escalera mecánica con su hija.
Ella tropezó y casi cae.
El papá la miró y le dijo molesto:
¡Niña Pava! (lesa, tonta).
Y al instante a la niña
le empezaron a salir plumas”.

Cuándo un niño es sometido a la burla, al rechazo de sus preguntas, al cuestionamiento (con molestia) de sus opiniones o errores, sin argumentos reales, algo se produce en su cerebro, algo se mata en su cerebro.

Lo que muere no son “neuronas” en masa por una burla aislada, pero sí se puede:

•frenar el crecimiento de redes neuronales,

•deteriorar áreas asociadas a creatividad, lenguaje y regulación emocional,

•generar patrones de desconexión y retraimiento cognitivo.

Por eso muchos autores  hablan de “heridas neuroemocionales”, “neurodesarrollo truncado” o “apagamiento emocional”.

Hablo de “asesinato neuronal” para denunciar la violencia contra la curiosidad del niño. Si, es una imagen, no un término clínico, pero los adultos podemos "matar" la capacidad cerebral, neurológica de nuestros niños… si señor.


¿Qué ocurre en el cerebro cuando un niño es ridiculizado?


1. Estrés tóxico

Cuando un niño vive humillación, burla o rechazo persistente, su cuerpo libera cortisol en exceso.
Ese cortisol sostenido afecta directamente estructuras clave:

  • Hipocampo: memoria y aprendizaje
  • Amígdala: regulación emocional
  • Corteza prefrontal: toma de decisiones, creatividad, pensamiento crítico

Estudios de Harvard demostraron que el estrés tóxico altera la arquitectura cerebral infantil (Center on the Developing Child at Harvard University, 2016).


2. Poda sináptica mal encauzada

En la infancia se eliminan conexiones neuronales que “no se usan”.
Cuando un niño deja de preguntar por miedo, se refuerzan circuitos de inhibición y se debilitan los de curiosidad y exploración.

No es “asesinato”, pero sí una fuerte atrofia funcional basada en el entorno. La poda sináptica depende fuertemente del ambiente emocional en que vivimos (Kolb & Gibb, 2011). Si nos quieren, amamos. Si nos dejan preguntar, descubrimos. Si nos ridiculizan, nos encerramos ( y nos metemos a las pantallas).


3. Impacto en la identidad y la autoeficacia

La burla constante envía un mensaje: “tu pensamiento no vale”, “Eres un tonto”. Eso termina convirtiéndose en programación neurológica a través de:

  • redes de autoconcepto negativo
  • inhibición de la creatividad
  • desconexión emocional con el aprendizaje
  • experiencia de rechazo brutal

Bandura (1997) demostró cómo la autoeficacia se ve profundamente afectada por las experiencias tempranas de validación o rechazo.


Entonces… ¿se “matan” neuronas?


Científicamente exacto: No, no se asesinan neuronas como tal.

Científicamente honesto: Sí se alteran, debilitan o reconfiguran negativamente redes neuronales esenciales para la curiosidad, creatividad y seguridad afectiva.

Pedagógicamente relevante: La ridiculización sistemática sí tiene efectos neurobiológicos comparables a un daño estructural en términos de aprendizaje y bienestar.

Humanamente preocupante: la humillación repetida sí puede “matar posibilidades neuronales” —esto es una metáfora válida— porque limita el desarrollo natural de circuitos asociados a la curiosidad, la creatividad, la autoestima y la identidad.

Por eso muchos educadores usan el término “asesinato simbólico de la curiosidad”.

Si lo pensamos con sensibilidad educativa, cuando ridiculizamos a un niño, estamos matando o debilitando procesos neuronales, estamos apagando luces. Estamos saboteando una red neuronal que podría haber sido la chispa de un inventor, un artista, un científico o un líder social.

Esto es casi tan grave como un asesinato: el asesinato de un futuro posible.


¿A Usted lo sometieron a esto alguna vez?

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