lunes, 25 de enero de 2016

Quítanos hoy el disfraz nuestro de cada día...

La gran Celia Cruz terminó sus días cantando:

"Ay, no ha que llorar, 
que la vida es un carnaval, 
es mas bello vivir cantando. 
Oh, oh, oh, Ay, no hay que llorar, 
que la vida es un carnaval 
y las penas se van cantando". 

Ayyy querida Celia,
Lo hemos dado vuelta todo.
Antes el carnaval era una celebración 
previa a la cuaresma cristiana, antes del Miércoles de Ceniza,
entre febrero y marzo más o menos.

También se relacionaba con una fiesta en honor a Baco, 
el dios romano del vino, las saturnales y las lupercales romanas, 
o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto. 
Esta costumbre se expandió por Europa
y fue contagiada en América por los gozadores españoles y portugueses.

Un carnaval reunía disfraces, colores, desfiles, y baile en la calle. 
En general el Carnaval era un tiempo de disfraces, máscaras, fiestas.
Un prepararse para pasar un tiempo de "dolor" y silencio (la cuaresma).
Hoy se relaciona con un tiempo de desmadre: alcohol, descontrol... 
sino vea el carnaval de Venecia o los carnavales de Río de Janeiro.

Pareciera que con el entusiasmo hemos hecho de la vida un carnaval.
Pareciera que no podemos vivir sin el carnaval cotidiano, en que cada uno representa un papel, un rol, un papel teatral: desde la profesión, desde el estatus, desde las apariencias... ¿No somos un conjunto de disfraces, caretas, mascaradas, bailes, comparsas?

¿No vamos por las calles mostrando lo que tenemos y brillando por las lentejuelas, más que por lo que somos realmente?

¿Te revistes o te disfrazas?

Incluso diré algo agresivo: En la Iglesia Católica se habla de que el ministro (diácono, sacerdote, obispo) se "reviste", cuando se coloca su vestimenta litúrgica... frente a esto, yo he pensado muchas veces que muchos de ellos no se "revisten", sino que se "disfrazan" del rol litúrgico que les corresponde, pues cuando salen de ese acto, son los que realmente son: soberbios, ciegos, sordos, arrogantes. 

Tengo un amigo al que le he dicho esto, ofendiendo su amor propio y paciencia... pero lo creo. Por un lado nos "disfrazamos" (no nos revestimos) de hombres de iglesia, de ministros predicando sobre el amor y todo eso, el domingo... pero el lunes, somos los peores negreros en la relación laboral... ¿esquizofrenia religiosa?, en fin...

Más de alguien puede pensar: ¿Y este qué se cree? Por cierto, es respetable opinión, ya que sería feo mirar la paja en ojo del hermano, sin ver la enorme viga que tiene el mío. Lo se, Yo soy el rey de los disfrazados, me gusta el aplauso, soy sordo a entender la realidad de los demás, uso mucha lentejuela afectiva... el peor de todos, pero tengo este blog que me da la libertad de escribir, incluso sobre las incoherencias de mi vida... 

¿Quién dijo que todo está perdido?

Jhon Maxwell estaba convencido que todos los líderes cometen errores. Lo veía como una escuela para formar líderes. La diferencia que provoca el cambio está en que algunos quieren validar sus errores y los justifican y otros los reconocen. Sólo esta toma de conciencia de los propios "carnavales internos", permite un ascenso y alejarnos de la bulla, las apariencias y las máscaras.

¿Podemos reducir el carnaval de las apariencias? 

Sólo si lo queremos. Hay estudios que confirman que el éxito de los líderes, está principalmente en que pueden influir en otros ¿Y sabe cómo?  mediante el paso de la humildad... reconocer y asumir la responsabilidad de nuestros errores y sus consecuencias, en vez de tratar de culpar a otros... por eso rezo: Quítame hoy, el disfraz nuestro de cada día...  amén!!!



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Profesor de formación, educador de corazón. Magíster en Educación Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor de libros y de diversos artículos sobre educación, desarrollo humano, gestión de calidad, evangelización del currículum.
Actualmente es Director Ejecutivo de una red de colegios, Presidente Amares, Vice Pdte. Fundación Iglesia Educa. Esposo de Verónica, Papá de Natalia, Amante de la Vida y de los Sueños.

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