La fe que trabaja en la tarde del cristianismo
Este libro me iluminó y me erizó la fe, con un golpe espiritual repentino, un estremecimiento de mis creencias… es una obra contundente y motivadora.
En 2023, Tomáš Halík publicó La tarde del cristianismo: Valor para la transformación, una obra lúcida y provocadora acerca de la crisis, la renovación y el porvenir de la fe cristiana. Halík, sacerdote, filósofo y profesor de Sociología en la Universidad Carolina de Praga, vivió la clandestinidad de la Iglesia durante el régimen comunista checo, fue colaborador del presidente Václav Havel y asesor del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no Creyentes. Su pensamiento nace, por tanto, no solo de la reflexión académica, sino también de la experiencia de una fe obligada a caminar entre la persecución, la incertidumbre y el diálogo con una sociedad secularizada y anti iglesia.
La “tarde del cristianismo” no habla del ocaso eclesial, sino de la hora de una fe más consciente, humilde y madura: una fe que ha perdido algunas seguridades históricas, pero que todavía conserva una ventana abierta a la esperanza. La tarde alarga las sombras y vuelve menos nítidos los contornos; sin embargo, también permite mirar la realidad con una luz menos enceguecedora. La pregunta decisiva no es cuánto poder conserva la Iglesia, sino cuánto espíritu de Cristo actúa todavía en ella y a través de ella.
Para Halík, la fe no permanece encerrada en las fronteras visibles de las instituciones ni se identifica completamente con la adhesión formal a una doctrina. Puede encontrarse, de manera implícita y anónima, en la búsqueda espiritual de hombres y mujeres que no se reconocen como creyentes. En este sentido, afirma que “también la espiritualidad secular forma parte de la historia de la fe”. Esto no vuelve irrelevante al cristianismo, pero le impide confundir la acción de Dios con los límites de la iglesia.
La frontera entre creyentes y no creyentes resulta mucho más porosa de lo que suelen admitir nuestras clasificaciones. “La fe y el escepticismo no pueden separarse y diferenciarse inequívocamente… el diálogo de la fe y el escepticismo no es una cuestión de dos grupos estrictamente separados”. La duda también habita en el creyente, así como la confianza, la esperanza y la apertura al misterio pueden aparecer en quien no acepta una confesión religiosa. Por eso Halík sostiene: “Estoy convencido de que Dios habla a todos, pero a cada uno de diferente forma” y que en “la libre respuesta humana a la llamada de Dios se consuma el carácter dialógico de la fe”.
Esta comprensión posee consecuencias sociales, políticas y educativas. Si Dios puede hablar de modos distintos, el educador cristiano no está llamado a relacionarse con los demás desde la superioridad de quien cree poseer todas las respuestas. Está invitado a escuchar, discernir y colaborar. La escuela católica, no necesita exigir una coincidencia religiosa completa antes de trabajar junto con otras personas por la dignidad humana, la justicia, la paz, el cuidado de la creación o la defensa de quienes sufren. La fe madura no convierte al otro en adversario por pensar distinto; intenta descubrir qué verdad, qué dolor y qué posibilidad de bien pueden convocarlos a una tarea común.
Halík se pregunta dónde reside verdaderamente la identidad cristiana. Su respuesta no conduce al Dios abstracto de una teoría, sino a la relación de Jesús con aquel a quien llamaba Padre: “el corazón del cristianismo es la relación de Jesús con el Padre”. Esa relación se manifiesta en la vida entregada, en la misericordia y en el encuentro con las heridas humanas. Cuando Tomás toca las heridas del Resucitado, exclama: “Señor mío y Dios mío”. Para Halík, esta escena ofrece una clave decisiva: el misterio de Cristo no se reconoce huyendo del sufrimiento, sino acercándose a sus llagas.
Por eso afirma: “Aquí, en las heridas de nuestro mundo podemos ver de forma auténticamente cristiana al Dios invisible y tocar un misterio que, de otra forma, sería difícil de tocar”. Las heridas de las personas y de los pueblos se convierten así en un lugar teológico y político: allí donde alguien es humillado, excluido, empobrecido, violentado u olvidado, la fe cristiana es llamada a hacerse presencia, acción y transformación. En esa perspectiva, “el amor solidario al prójimo implica tener fe en Dios”.
Este reconocimiento impide reducir el cristianismo a una espiritualidad intimista, pero también evita convertirlo en una ideología política identitaria. El cristianismo de la tarde no puede confundirse con un partido religioso que divide el mundo entre aliados y enemigos, ni con una espiritualidad vaga que se desentiende de la historia. Su tarea consiste en unir contemplación y responsabilidad, misterio y justicia, oración y participación social. “La Iglesia será la Iglesia de Cristo en tanto trabaje en ella el espíritu de Cristo”.
Halík advierte, además, que el humanismo, siendo necesario y valioso, no agota la profundidad de la esperanza: “Sostengo que el humanismo no es suficiente; que quien está realmente satisfecho con este mundo en su forma actual corrompida por nosotros mismos empobrece y trivializa su percepción y su experiencia de este mundo y esta vida”. La fe no desprecia el mundo ni invita a abandonarlo; se niega a aceptar que sus injusticias constituyan su forma definitiva. Precisamente porque ama esta vida, no se resigna a verla disminuida por la violencia, la indiferencia o la desigualdad.