sábado, 15 de noviembre de 2008

El Idioma como medio de humanización.


EL IDIOMA NO ES CREACION EXCLUSIVA DEL SER HUMANO.

 

Muchos definen el idioma como “Lengua de un pueblo o nación, o común a varios”, pero esto es una descripción restrictiva del idioma.

Hoy el idioma es más que una lengua, es una  forma de comunicación que puede ser verbal, escrita o gestual que  tipifica a un país, un grupo, una comunidad.

 

Los animales también códigos idiomáticos, formas comunicacionales  entre ellos y hacia sus dueños, mediante señales visuales, acústicas y olfativas que les permiten relacionarse con su entorno.

 

HABLAMOS, ¿PERO NOS COMUNICAMOS?

 

Y nosotros, animales parlantes,  autonominados creadores del idioma, somos talvez quienes más dramáticamente se comunican, quienes experimentan las mayores soledades, en un mundo en que los hablantes imperan.

Hablamos, pero nos comunicamos poco. Somos como sere

s llevados por la incomunicación y la desesperación de temer perder sus espacios y los defendemos con gesticulaciones, con gritos, con espantos.

El idioma pone en acto nuestros grados de inteligencia, nos abre a la riqueza linguística que comunica, que vincula, que relaciona humanamente.

 

UNA EXPERIENCIA DEL IDIOMA DE LA GRAN CIUDAD.

 

Medio dormido, no por la comodidad, sino por lo avanzado de la noche, viajaba en esta vieja  y quejumbrosa micro. Cada frenada era un atentado contra mi espalada y mi frente, a pesar de que llevaba mis manos cual garras cogidas del fierrro oxidado del asiento delantero.

En ese remolino de velocidad y ruido, medio soñaba, medio  pensaba en el hombre prehistórico, antes de la existencia del idioma común, antes de crear la  lengua de un pueblo o nación que fuese común a varios, ese modo particular de hablar de algunos o en algunas ocasiones.

Entre salto y salto mis pensamientos volaban, imaginaba al hombre primitivo, saltando en medio de la tribu, colocando entre espasmos y aullidos un rostro homínido que buscaba expresar pánico para que la tribu corriera a protegerse del peligro inminente. Claro, eran imágenes de la guerra del fuego, la lucha de nuestros héroes predecesores por sobrevivir en un medio hostil. Este chofer tenía mucho de hombre prehistórico, le bastaban algunos gestos y un rudimentario lenguaje para comunicar su prepotencia, y así poder sobrevivir en este difícil medio santiaguino.

Una brusca frenada detuvo mis pensamientos, y gracias a un estado de vigilia, pude afirmarme del asiento para no golpearme contra los viejos y rallados fierros de esta micro. Al momento llegue al paradero 22 y medio, allí me esperaban una cuántas cuadras que tenía que recorrer a pie.

Las oscuras esquinas se  abrían ante mi en forma de un camino silencioso y lleno de formas y ecos luminosos.

La soledad de aquella larga calle  me hacía sentir un señor de la noche, dueño de todos los metros cuadrados que me rodeaban. De alguna forma esa noche se transformaba para mi, en la selva de mis sueños, oscuro laberinto abierto a las sorpresas.

Era la ciudad de luto que callando me llenaba de voces interiores, era la selva que al acogerme por sus rutas me hacía sentir pequeño, indefenso ser buscando cobijo, abriéndose nerviosamente paso hacia la mesa, el pan y el abrazo que le esperaban.

Pasaba a tranco rápido por esas oscuras esquinas, llevaba un paso temeroso, alquitranado por el peso de la incertidumbre, cada sombra podría ser una mano, una garra, un palo que buscaba mi rostro, mi pecho, mi brazo para darle caza y morderlo.

Iba rápido, como viento del sur,  demostrando la seguridad que no tenía. No quería encontrarme con uno de los orangutanes que acostumbran a trabajar de noche, robándonos todo el trabajo de nuestro día.

Al igual que los saltos del hombre primitivo, mis pasos estaban aprendiendo el lenguaje del temor, temor al zarpazo oculto y bramador de las mentes de los hombres que un día soltaron sus naves las amarras de la cordura y se internaron por mares de violencia, temor a la descarga mortal que se esconde en los matorrales y que cada cierto tiempo nos golpea, nos derriba del lugar en que estábamos.

Aquella noche tomé conciencia de que la ciudad me estaba enseñando un idioma nuevo, era el arte de sobrevivir en la ciudad del tango, aquella que asegura que “el mundo fue y será una porquería siempre así, en el 510 y en el 2.000 también”...

 

Llegué a la casa empapado de sudor y lleno de impotencia, esta se me había subido desde el piso de la ciudad, abrazó mi espalda para quedarse allí quieta pero ardiente, silente pero llena de las miradas de todos los rechazados y desadaptados de este orden de violencia y raíz selvática que nos ha ido envolviendo y adormeciendo al punto que recibimos como “normal” las mayores anormalidades.

 

PODEMOS LEVANTAR OTRA CIUDAD.

 

No podemos vivir en el miedo. No es vida humana crecer en medio de la desconfianza, la ansiedad, las oscuras reacciones que puede venir del otro.

Así como el lenguaje es un conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente, y por su medio va formando sistema de comunicación y expresión verbal propio de un grupo humano, así también hemos ido articulando una serie de hábitos, percepciones, conductas sociales que nos arrancan brutalmente del eje humanizador y nos lanzan a la prostitución de la humanidad que es común a todos.

En cada ciudad  hemos ido creando sistemas que reproducen el idioma de la agresividad, de la tensión, de la rapidez, de la urgencia, de la locura.

Pese a todo, pese a las altas rejas que hemos levantado, pese a los barrotes, pese a las alambradas y alarmas, estamos llamados a vivir en comunión, a crear una nueva ciudad: de la acogida, de la confianza, del encuentro, de la plaza comunitaria… que ya no nos reúne… las nuevas plazas que nos aglutinan son los canales de televisión, los diarios. Por ellos nos imponemos de lo que pasa en  nuestra ciudad… pero necesitamos en contacto persona a persona, creando comunidad.  ¿Será posible? No me cabe duda que es posible, claro que depende de la decisión de querer hacerlo.

La escuela vieja de la desconfianza, lo único que nos ha enseñado que el mejor amigo del hombre es el perro… que el mundo fue y será una porquería… podemos cambiar el tango.

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Profesor de formación, educador de corazón. Magíster en Educación Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor de libros y de diversos artículos sobre educación, desarrollo humano, gestión de calidad, evangelización del currículum.
Actualmente es Director Ejecutivo de una red de colegios, Presidente Amares, Vice Pdte. Fundación Iglesia Educa. Esposo de Verónica, Papá de Natalia, Amante de la Vida y de los Sueños.

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